HACE ahora un año que conocí a Paula. Se puso en contacto conmigo para mejorar en determinados asuntos de su vida personal y sentimental, según me adelantó por teléfono. Tenía entonces 32 años y pretendía, según sus palabras, «salir del agujero en el que se encontraba desde una ruptura con su pareja».  No estaba interesada en regresar con esa persona ni en recuperar su amor porque de la noche a la mañana había descubierto numerosas infidelidades a través de un análisis casual del disco duro de un ordenador. Ella quería que trabajáramos en pasar las etapas de la ruptura juntos, para así salir del dolor en el que se encontraba lo más rápidamente posible y rehacer su vida sentimental, que era su objetivo final.

Como supe después, Paula y su pareja habían comprado una casa en las afueras de Madrid y pensaban casarse el año próximo. También habían planeado hacer grandes viajes y después de un tiempo tener hijos como era el deseo de ambos. Pero todos aquellos proyectos se quedaron en el tintero cuando descubrió la lista de páginas webs a las que su novio estaba suscrito, así como toda la nomina de amantes y concubinas. Durante unos días anduvo medio despistada en la casa dándole vueltas a lo que había descubierto y pensando que quizá no se trataba de su novio y que todo podía tratarse de un error: sin duda estaba pasando por la primera etapa de la ruptura: la aceptación de lo ocurrido; hasta que entendió que todo era rigurosamente cierto y se fue de casa.

Su relato fue prolijo en detalles, y me dio la sensación de que se recreaba comparando lo feliz que había sido con lo infeliz que era ahora. Pero lo que más me llamó la atención de su relato fueron las metáforas y el modo en que se refirió a lo que estaba viviendo. Dijo textualmente: «Fui muy feliz con él y mi vida pasó de ser una película de Disney a estar directamente en Auschwitz». Esta afirmación simbólica o figurada de los que le estaba ocurriendo puede parecer banal, e incluso parecernos poco relevantes las palabras que usemos para referirnos a lo que estamos viviendo; sin embargo, creo que tiene mucha importancia porque en ocasiones, llevados por situaciones emocionales intensas, llegamos a creemos como si fuera cierto lo que decimos y pensamos. Cuidado.

Hice varias preguntas en el mismo sentido a Paula y en todas se refirió a su vida después de la ruptura con etiquetas de similar índole: «Auschwitz», «infierno», «condena» «desgracia», etcétera…  lo que contribuyó a agravar su situación personal porque, sencillamente, se creyó su propio discurso y se convenció de estar viviendo un horror, una auténtica tragedia tras atar cabos y descubrir las infidelidades de su pareja.

Como otras veces ya he tratado en Contar las Olas, las actuaciones de la de psicología del coaching tratan de ubicarnos en una realidad objetiva y rigurosa; alejarnos de emociones que pueden distorsionarnos la realidad y que de esta forma seamos conscientes de lo que estamos viviendo. Esto nos ayudará, tas la oportuna reflexión a dar los pasos pertinentes y conseguir nuestro objetivo.

En el caso de Paula, y como ella misma entendió después, hay que decir que nunca estuvo en una película de Disney: las cosas con su pareja no funcionaron nunca al cien por cien, y ese quizá fue el motivo por el que él buscó otras compañías. Obviamente puede hacerlo siempre que sea sincero con su pareja, cosa que no fue. Y del mismo modo que nunca estuvo en Disney, nunca tuvo que padecer  los infortunios en Auschwitz. Es más, compararse con ese horrendo lugar me pareció algo que casi roza lo insolente, porque Auschwitz, el campo de concentración de Cracovia, en Polonia, fue uno de los campos grandes que en marco de la Segunda Guerra Mundial existieron, y donde el sufrimiento y la muerte podían cortarse en el ambiente como si fuera de mantequilla. Para que Paula comprobase hasta qué punto la comparación era errada, le pedí como parte de nuestro trabajo que viese el documental titulado «Viaje al interior del Holocausto»  y leyese uno de los testimonios más conmovedores que sobre los campo de exterminio de la Segunda Guerra mundial han quedado, el libro de Primo Levi, «Si esto es un hombre». No es una obra muy voluminosa, de modo que lo leyó entre sesión y sesión de trabajo, en apenas una semana, comprobando que, efectivamente, la comparación de lo que ella había vivido con el horror de un campo de concentración era poco menos que impertinente.

Paula es una profesional del mundo editorial y gestiona junto con su familia una próspera empresa de este ramo. No ha pasado hambre en su vida (como la mayoría de los que estamos en esta parte del mundo occidental); jamás ha pasado un invierno sin calefacción en casa, tiene coche, ropa, asistencia sanitaria de calidad, se va de vacaciones una vez al año e incluso puede pagarse el lujo de un coach que le ayude a gestionar sus prioridades en la vida. En realidad ella, y salvo raras excepciones, todos los que vivimos en esta parte del mundo tenemos la suerte de no padecer ese tipo de desgracias: no vivimos en ningún infierno, ni en ningún tipo de horror, como sí lo hacían los pobres condenados de Auschwitz.

La ruptura de una pareja sin hijos, por muy reumática que haya sido, no podemos catalogarla como «una vida truncada». Sólo se trata del fin de una etapa de la vida, sólo es un cambio de rumbo que incluso puede llegar mejorar nuestra vida.

Es evidente que a nadie disfruta en una ruptura de pareja su pareja o su familia; pero no es una desgracia, es decir, no tiene la gravedad de otros avatares de la vida. Tenemos que acostumbrarnos a esas pequeños permutaciones en la vida porque, en rigor, la vida no es otra cosa que cambio, regeneración, transformación…

Recuerda que para ser mejores es necesario cambiar y arriesgar.