TUVE LA SUERTE de conversar durante un buen rato con un torero. Un torero famoso, ya retirado, que vive en la ciudad de Barcelona. Ya sé que la tauromaquia no pasa por sus mejores momentos de popularidad pero eso para lo que aquí pretendo decir no es importante. Lo que quiero contar es que en un momento de la conversación, este torero se levantó la camisa (lo que creo hace con demasiada frecuencia) para mostrarme las cicatrices que doce años en los ruedos le habían dejado en el torso. También pude ver el automóvil de lujo que conducía, así como otras cosas muy costosas que había conseguido con el dinero ganado durante esos doce años de torero, hasta que una enfermedad en los ojos le retiró de los ruedos hace una década. “Estas cornadas son por arrimarme al toro -dijo-. Porque en esta profesión si no te arrimas no triunfas”. Esas palabras estuvieron rondando en mi cabeza todo el viaje de regreso a Madrid porque entendí que conozco demasiada gente que no se arrima al toro, que no arriesga. Más allá de que nos guste o estemos de acuerdo con las corridas de toros, como ya digo, podemos convenir que la tauromaquia es una suerte de danza que el torero represente frente a una bestia de media tonelada, descomunal y capaz con un pequeño movimiento de ensartar a un hombre como si fuera una aceituna. La danza del torero es parte del espectáculo. Para convertirse en un torero con prestigio, ser reclamado en las corridas y poder ganar mucho dinero con esa profesión hay que ofrecer un buen espectáculo. Tiene que arrimarse al toro, exponerse. Tiene que correr el riesgo de que el toro lo empitone e incluso que lo mate (es su profesión). Hay toreros, me decía éste, que no se arriman, que no arriesgan… y por lo tanto nunca salen a hombros por la puerta grande, ni nadie los aplaude, ni consiguen trofeos, etcétera: su toreo resulta deslucido.

Con la relaciones sentimentales pasa algo parecido. Si uno quiere conseguir éxitos hay que desnudarse y dejarse ver como uno es, sin pensar que tal vez suframos un desengaño. Es posible que, efectivamente, lo suframos; pero también es posible que la persona a la que nos acercamos sea lo que andamos buscando y la falta de compromiso la distancie de nosotros y así perdamos una gran oportunidad, recordemos que no todos los días conocemos con la que potencialmente podamos iniciar una relación sentimental. Tenemos que pensar que la seguridad es estéril y que quedándonos en casa u ocultando nuestros sentimientos y emociones bajo una coraza no conseguiremos nunca triunfar y salir por la puerta grande. Para evitar este miedo, muy común por lo que llevo viendo en estos último años, no hay más que pensar que se trata de un “conocimiento gratuito” es decir, una creencia que nos hemos inventado sin que en realidad haya motivos racionales para pensar que esa persona que ahora se acerca nos vaya a propinar una cornada. Voltaire decía que vivir prudentemente es también vivir tristemente. Hay que salir del caparazón, con miedo si quieres, pero salir: ¿Quien gana sin arriesgar algo?