LEO EN LAS PÁGINAS de sociedad de estos días que la bellísima actriz sudafricana Charlize Theron abandona la relación que hasta ahora mantenía con el actor y director Sean Penn. Por lo que de estas notas se desprende Penn, tuvo una aventura con otra actriz en la última película de Theron, en la que la que el propio Penn trabajó como director. Cuando ella se enteró del adulterio hizo pública una nota de prensa y desapareció de la vida de Penn sin dejar rastro. Durante semanas no contestó a las llamadas ni a los mensajes colocando una barrera invisible e infranqueable entre ambos. Esto es a lo que en los Estados Unidos, y cada vez en todo el mundo, la gente llama ghosting, que viene a ser como “fantasmear” o “hacer el fantasma”; en otras palabras: desaparecer.

Aunque el nombre sea reciente, desaparecer sin dejar rastro de la vida de otra persona, bloquear el móvil así como todas las vías de comunicación es una práctica bastante habitual en las rupturas de pareja. Lo imagino como llamar a una puerta una lluviosa noche de invierno en una casa en la que sabemos que hay alguien porque vemos luz en la ventana… pero la puerta no se abre. Estoy seguro de que mucha gente pensará que se lo tiene merecido (me refiero al caso de Sean Penn) por haber causado tal daño a su pareja: nada menos que abandonarla por otra mujer. Sin embargo, creo que se trata de una suerte de tortura, un dolor gratuito que no podemos cometer sobre una persona por muy mal que se haya portado con nosotros. Entiendo que la actriz decidiera dejar la relación porque la confianza se ha perdido, y con total seguridad tuvo que sufrir por ello: a nadie le gusta descubrir una infidelidad. Pero tal vez ese no fuera motivo suficiente para no atender al teléfono y desaparecer detrás de la pared como un fantasma

En mis consultas encuentro con bastante frecuencia este tipo de actuaciones. Alguien que desaparece sin dejar rastro, no sin motivos, pero desaparece provocando una desesperación incontrolada. Seguramente este no sea el caso de Sean Penn, pero no atender al sufrimiento de una persona (cualquiera que esta sea) es algo que no se entiende fácilmente. ¿No seria mejor hablar lo ocurrido? No se trata de hablar para tratar de arreglar la relación, se trata de expresarse, de comunicar lo que sentimos.

Todos estamos obligados a socorrer a otro si se encontrara en peligro y la omisión de esa obligación incluso puede ser considerada como un delito. ¿Si tengo la obligación legal de atender a alguien que no conozco y que por casualidad encuentro tendido en la calle sangrando, por qué no debo atender de igual forma a otro que también sufre (que además sí conozco) y soy la única persona capaz de paliar ese dolor? ¿Por justicia? ¿Acaso sólo por venganza?

Todo esto me lleva a pensar en la persona, no en Sean Penn sino en un ser humano que sufre por un tiempo ilimitado porque no le atienden el teléfono ni los mensajes y, de alguna forma, es tratado como si no fuera una persona. Creo que moralmente es intolerable no atender a la llamada de otro, al sufrimiento, y darse al ninguneo como si quién nos llamara fuera una alimaña y no un ser humano. ¿Por qué no mejor atender a los mensajes y decirle lo mal que se ha portado, lo mucho que nos ha defraudado? ¿Por qué no dejarle que nos cuente su versión de los hechos, aunque sepamos que no lo vamos a perdonar?

Podemos dejar una relación pero no podemos dejar ser personas, porque nos hacemos, como decía Aristóteles, con nuestros actos.