RECIBÍ EN MI DESPACHO a una pareja que había roto a causa de una infidelidad. Ella estaba convencida de que su relación de pareja no podría volver a ser lo que fue por mucho que perdonara a su marido lo ocurrido. Cuando yo le pregunté el motivo de este pensamiento, Andrea, pongamos por nombre ficticio, puso el ejemplo de la tetera y de cierta leyenda japonesa. Decía que si una tetera se rompe sus trozos pueden pegarse y la tetera puede volver a funcionar por muchos años; pero, insistía con cierta tristeza, ya siempre será una tetera rota. Ella se refería a que las secuelas de la infidelidad y de la ruptura jamás se borrarían de su corazón, como los trozos rotos siempre serían visibles en la tetera. Desgraciadamente, es muy habitual encontrar gente que cree que las personas somos como teteras, es decir, objetos estáticos que no cambian a lo largo de su existencia. Aún hay quién cree que una vez alcanzada nuestra edad adulta siempre actuaremos de la misma manera o acaso cambiaremos muy poco. Sin embargo, creo que nada hay más humano que el cambio, el devenir, la transformación… No quiero decir que todo el mundo pueda cambiar en todos los aspectos de su vida y hacerlo de la noche a la mañana. Es verdad que hay ciertos valores que resisten con más fuerza que otros y que, efectivamente, sea más difícil cambiarlos, pero no por ello es imposible.

A Andrea le contesté en aquélla ocasión que hay personas que cambian de sexo, de religión, de ideología política e incluso de equipo de fútbol. Si es posible cambiar en algo tan radical, supongo que también será posible hacerlo en otras áreas menos transcendentales —si es que aquéllas lo son—; y con ello me refería más a ella que a su marido, cuyo cambio incluso ella daba por hecho. Todos conocemos a alguien que tras un accidente casi mortal, una experiencia al límite de la vida o una enfermedad importante, han transformado la forma de ver el mundo. Estar a punto de perder la pareja, o perderla en sí durante algunos meses, puede ser una experiencia tan traumática como las otras y una forma de hacernos cambiar. Es posible que Andrea no pueda perdonar esa infidelidad porque el daño sufrido ha transformado radicalmente la imagen que tenía de su pareja y ahora considera que esa persona no es la más indicada para acompañarla en su vida; también es posible que la herida sea tan grande que no pueda borrase. Pero también puede ocurrir que Andrea, si decide no perdonar y perdonarse, pierda la oportunidad de compartir su vida con alguien que aprendió de sus errores.

El camino que hemos de recorrer los seres humanos no está trazado. Machado lo expresó mucho mejor con aquéllos versos: «Caminante no hay camino, se hace camino al andar». Somos nosotros quiénes lo trazamos, somos nosotros quiénes nos hacemos —con nuestros actos— a nosotros mismos. Por eso cambiar es posible. El marido de Andrea se ganó a pulso la desconfianza. Lo consiguió a través de su comportamiento, pero no es algo definitivo.

Es posible que negarnos una oportunidad así sea negarnos a nosotros mismos.