ES CIERTO que no siempre acudimos a un profesional cuando en nuestra vida surge un problema o una necesidad. Tal vez pensamos que podemos resolverlo nosotros mismos porque en otras ocasiones así ha ocurrido. Es normal. Quizá encontremos fácil apretar la tuerca de un grifo de la cocina que gotea, o procedemos a cambiar las cortinas del salón sin pedir ayuda a un profesional porque en otras ocasiones hemos realizado esas mismas tareas con éxito. Con todo, es posible que las circunstanciaras cambien de la noche a la mañana y lo que antes era fácil ahora se convierta en complicado. Hay miles de circunstancias que pueden provocar una inundación en el piso porque la avería en el grifo de la cocina era mucho más seria de lo que un primer momento imaginamos. Pues bien, esta es, precisamente, la situación que en numerosas ocasiones me encuentro en mi trabajo como personal coach: una pareja que a punto de romperse —o bien con la ruptura consumada— y a quiénes les queda muy poco para romper también la relación personal; incluso recibo llamadas de personas con una demanda de divorcio en el juzgado que tienen l firme intención de salvar su relación. Y no es que no sea posible. Siempre es posibles dar un giro a la situación; siempre y cuando actuemos con calma y con valentía.

Sin embargo, una vez que las cosas se nos han escapado de las manos hay que pensar que ya no sirven estrategias demasiado elaboradas para recuperar a tu pareja: hay que actuar y ya está.

Una situación extrema, posiblemente, requiera también solución extrema. Tal vez necesitaremos una actuación inmediata que pueda dar un giro de ciento ochenta grados a lo que está ocurriendo.

Lo primero es analizar con suma calma y honestidad cuál es nuestra situación real y qué podemos perder si no actuamos de inmediato. Lo segundo, acaso más importante que lo anterior, es no tener miedo a dar ese salto. Tal vez no consigamos nuestros propósito o incluso que empeoremos la situación, pero quedarse con los brazos cruzados seguramente no aporte nada. En esas ocasiones hay que apostar por un cambio más o menos radial -siempre consensuado con madurez, claro- que provoque una nueva oportunidad. Quizá como en Dos hombres y un destino, la película de 1969 protagonizada por Paul Newman y Robert Redford. En una de sus escenas los protagonistas se encuentran en lo alto de un precipicio arrinconados por todo el ejército que les persigue; en esa situación extrema a uno de los personajes se ocurre, para salvar el pellejo, saltar al río que transcurre al fondo del precipicio… pero el otro se niega simplemente porque no sabe nadar. La situación es tan difícil, argumenta el otro, que cualquier cosa que se haga puede resultar una nueva oportunidad. No saber nadar es lo de menos si realmente estás rodeado.

Todo esto tiene mucho que ver con el caso de Yolanda (ya sabes que los nombres y lugares de este BLOG nunca son reales). Su marido había ido poco a poco abandonando la relación, se habían ido distanciando en los últimos meses y se encontraban en casa como dos extraños. Yolanda quería que todo volviera a la normalidad pero no dejaba de hacer lo mismo de siempre: sólo le preguntaba qué te pasa, qué te ocurre… no eres el mismo… etcétera. Después descubrió que su marido tenía una relación de amistad muy estrecha con una compañera de la oficina. Estaba segura que no habían llegado a acostarse, pero sin duda se gustaban. Mientras tanto Yolanda estaba ahí, quizá con miedo a lo que pudiera pasar, sin hacer nada. Ella misma me dijo que lo que merecía la situación es que ella misma se fuera de casa o, de cualquier forma, le demostrase que ella ya no era su pareja. «Había que poner las cosas en su sitio», terminó reconociendo. Con esto, puede ser que le facilitara el camino a él para dejar la relación, pero también pudiera ser que ese acto, inesperado (el marido de Yolanda siempre ha tenido claro que su esposa no le abandonaría) quizá le hiciera pensar de otra forma.

No tengas miedo a saltar si crees que la situación no cambiará fácilmente. Piensa que los cambios son necesarios en la vida, nos dan madurez, experiencia, y que sin ellos nunca hubieras llegado hasta adonde estamos.
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